domingo, 10 de septiembre de 2017

La nariz roja

   Caminaba cabizbajo por aquella ciudad sin nombre para él. No era más que un lugar de paso y lo único que le hacía levantar la mirada de la acera era encontrar un bar adecuado. No quería entrar en uno que estuviese muy concurrido porque buscaba beber en silencio.
   En todas partes existe ese bar que se niega a evolucionar y continúa con su barra de aluminio y su aroma a café y vino. Finalmente lo encontró y se sentó en uno de los taburetes.
   El viejo camarero ya había visto a muchos como él y en apenas un segundo supo que estaba ante un hombre triste.

   -¿Qué le pongo, amigo?
   -Una copa de whisky sin hielo -respondió.
   -¿De qué marca? -volvió a preguntar el camarero señalando las tres que tenía junto a las botellas de brandy y ginebra.
   -Es igual, ese mismo -dijo señalando uno.

   La copa se llenó con generosidad y bebió más de la mitad de un trago. En el fondo de la barra un jubilado ojeaba un diario deportivo y de vez en cuando comentaba alguna jugada o algún hecho futbolístico con el camarero que respondía con la sabiduría del juez que sentencia. En una de las mesas cuatro tipos jugaban al dominó y otros dos observaban la partida sin decir nada.
   No tardó en acabar la copa y con un gesto pidió otra. La botella volvió a salir de su estantería y adivinó que le esperaba una tarde movida.
   El camarero se sintió en la obligación casi profesional de dar conversación al hombre.

   -¿Usted es de por aquí?
   -No, estoy de paso. -contestó desganado.
   -¿Trabajo?
   -Más o menos, en realidad hace mucho que mi trabajo es mi condena.
   -Todos tenemos alguna en la vida -aseguró el camarero.
   -Es verdad -asintió el hombre antes de apurar la segunda copa y pedir la tercera.
   -Aunque tire piedras contra mi tejado, no debería usted beber tan rápido -dijo el camarero mientras acercaba la botella a la copa.
   -No se preocupe, no le voy a crear ningún problema, no soy de esos que beben y arman escándalo. me marcharé borracho, pero en paz.
   -Bueno, no pretendía ofenderle, es que aquí he vivido de todo.

   El hombre respondió con una sonrisa forzada y fijó su vista en la copa.

   El jubilado del fondo había acabado el periódico y estaba claro que había escuchado la breve conversación y que se moría por entrar en ella. Cualquiera sabe las horas que pasaría en el bar a la espera de cualquier novedad que le sacara de la rutina. Se acercó al hombre con una prestancia que rozaba lo ridículo y dijo:

   -Amigo, hay condenas que duran toda la vida, pero el alcohol no te libra de ellas.
   -Ya, pero tampoco pretendo liberarme de nada, lo único que quiero es olvidar un rato -contestó el hombre delatando su incomodidad.

   El jubilado comprendió que molestaba y se dirigió al camarero:

   -Bueno, voy a ver si saco unas entradas para llevar a mis nietos al circo que van a estar aquí un par de días.
   -Sí, mi hija va a llevar a mi nieta también, actúa "El payaso", dicen que es muy gracioso y los niños se ríen mucho.
   -Antes eran un trío de fama mundial, "Los tres payasos", eran hermanos, pero tuvieron un accidente y sólo quedó uno.

   El jubilado salió del bar y el hombre pidió la cuarta y última copa mientras sacaba su cartera y pagaba. No tardó en acabársela y se despidió con un apagado hasta luego.
  
   -Cuídese, amigo -se despidió el camarero.
  
   El hombre volvió a la acera y encaminó sus pasos hacia el descampado donde se encontraba el circo, se acercó a una gran caravana y entró en ella. Se sentó en el sillón frente a un espejo y una mesa con maquillaje, miró hacia la esquina donde se encontraba la foto de "Los tres payasos", apoyó los codos en la mesa y su cabeza en las manos y lloró. Eran lágrimas de whisky y tristeza que necesitaba sacar de su cuerpo todos los días.

   Se lavó la cara, se secó y se maquilló antes de colocarse la brillante y redonda nariz roja.

   Aquella noche los niños se rieron mucho...

   Santi Malasombra